En las manos del Maestro
Deseando dar ánimo al progreso de su joven hijo al piano, una madre llevó a su pequeño hijo a un concierto de Paderewski.
Después de sentarse, la madre vio a una amiga en la platea y fue hacia ella para saludarla. Tomando la oportunidad para explorar las maravillas del teatro, el pequeño niño se levantó y eventualmente sus exploraciones lo llevaron a una puerta donde estaba escrito “PROHIBIDA LA ENTRADA”.
Cuando las luces bajaron y el concierto estaba a punto de empezar, la madre regresó a su lugar y descubrió que su hijo no estaba allí. De repente, las cortinas se abrieron y las luces cayeron sobre un impresionante piano Stein way en el centro del palco.
Horrorizada, la madre vio a su hijo sentado al teclado, inocentemente tocando las notas de …. “Mambrú se fue a la guerra”. En aquel momento, el gran maestro de piano hizo su entrada, rápidamente fue al piano y susurró al oído del niño, “No pares, continúa tocando”.
Entonces apoyado, Paderewski extendió su mano izquierda y empezó a llenar la parte del bajo. luego, puso su mano derecha al rededor del niño y agregó un bello arreglo de melodía. Juntos, el viejo maestro y el joven aprendiz transformaron una situación embarazosa en una situación maravillosamente reactiva. El público estaba perplejo.
Es así, que las cosas son con Dios. Lo que podemos conseguir por cuenta propia hacemos lo mejor posible y los resultados no son exactamente como una música graciosamente fluida. Pero, con las manos del Maestro, las obras de nuestras vidas verdaderamente pueden ser lindas. La próxima ves que te determines a realizar grandes hechos, escucha atentamente. Puedes oír la voz del Maestro, susurrando en tu oído, “No pares, continúa tocando”. Siente sus brazos amorosos a tu alrededor. Siente que sus fuertes manos están tocando el concierto de tu vida.
Recuerda, Dios no llama a aquellos que son capacitados. Él capacita a aquellos que son llamados. Y El siempre está para amarte y guiarte a grandes cosas.
30mb (compreso)
El objeto de este post es el de reivindicar a una generación, la de todos aquellos que nacimos entre 1970 Y 1985 la de los que estamos siendo actores de algo que nuestros progenitores ni podían soñar, la que vemos que la casa que compraron nuestros padres ahora vale 20 o 30 veces más, la de los que tomarán las decisiones importantes en un futuro no muy lejano.
Unos años atrás comencé a aconsejar a un muchacho que intentó suicidarse dos veces. Al procesar los sentimientos y emociones relacionados con ese hecho, él me dijo algo que marcó mi ministerio y mi vida personal: «Roger, no me entiendes». Respondí: «Marcos, ayúdame a entenderte». Con lágrimas en los ojos que reflejaban dolor y agonía, expresó algo que yo no estaba preparado para recibir: «Roger, en realidad nunca quise morir, sólo quería matar mi dolor». Por primera vez me di cuenta de que el dolor al que él se refería no era el que se quita con aspirinas o antibióticos. Era un asunto del corazón, el vacío que muchos de los muchachos que vemos a diario aceptan como vida. Se caracteriza por una soledad que es más que una emoción: es estar solos, aislados, desconectados, rechazados y, en muchos casos, simplemente olvidados.
Por un momento recuerdate lo hermoso que fue el día que le entregaste tu vida a Cristo, ese día fue único, sentiste como una carga muy pesada se te quito de encima, tus pecados fueron perdonados sin merecerlo, sin hacer nada que te hiciera merecedor de la gracia, misericordia y perdón de Dios. Pero aun así Dios ansiaba encontrarse contigo, para que experimentaras de una vida sobrenatural que El estaba dispuesto a ofrecerte.
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